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"No fight, no life", hasta en verano . (O en latín, que queda siempre mejor: "Semper adde, semper ambula, semper profice")

 Venía un servidor de ustedes de tomar un tremendo café con hielo con un amigo en un paraje absolutamente deseable (y caro) cuando, en plena calle, un hombre le ha deslumbrado con su camiseta. La foto es de internet: la original era negra. No me ha dado para pararme y tomarle un retrato. 

"No fight, no life". Sin lucha no hay vida. 
Es un lema muy propio para un gimnasio, cosa de la que de hecho se trata. El que no pelea, no mejora. El que se rinde a la primera, nada de nada. 
El refranero popular castellano contiene miles de frasecillas del estilo: "Lo que vale cuesta", etc.

Ahora que estamos en plena Eurocopa, Wimbledon y Tour de Francia, va la cosa que ni pintada. Porque es una camisa para hacer deporte, sí. Pero el salto a la vida extradeportiva es bastante obvio. Quizás diría mejor ultradeportiva: más allá de lo deportivo. Pero lo que realmente sería una expresión acertado es hablar de la mentalidad deportiva aplicada a la vida. A todo: a tu trabajo, a la mejora de tu carácter, a tu trato con los demás, a tu trato con Dios. Casi nada.

Y de esa mentalidad deportiva aplicada a la vida tenemos, como mínimo, a tres campeones en el cristianismo: al mismísimo San Pablo, a San Agustín, unos siglos más adelante, y a Joseph Ratzinger, discípulo de San Agustín, y conocido más habitualmente como Benedicto XVI. (Recomendaría, si una está por abandonar esta web, olvidarse de los preámbulos e ir al texto de Ratzinger, que he puesto entero al final, en negrita).

No digo, porque sería iluso, que uno tenga que ser católico para disfrutar de los valores del deporte; digo, porque sería tonto negarlo, que los católicos debemos tener esos valores... y otros, que el cristianismo añade, como la nata en las fresas. Por eso el título. 

Veamos lo que tiene para nosotros esos tres gigantes. En resumen, por si alguien se cansa, es esto: conviene y compensa luchar sin prisa pero sin pausa, y para ganar, sabiendo que el cansancio es normal, y que el Justo Pagador para cuyo regocijo luchamos nos observa con ojos de Padre.

Empecemos con Saulo de Tarso, alias San Pablo. Un hombre de carácter, de armas tomar, y de armas cambiar cuando Dios le cambió a él de perseguidor a frecuentemente perseguido por predicador cristiano. Un hombre con una mentalidad absolutamente imbatible: "Todo lo puedo... en Aquel que me fortalece, que me conforta", donde ese "Aquel" es Dios. Eso dice en una carta a los habitantes de Filipo. 
Esa sería, en una simple frase, el contenido del añadido cristiano. La nata de las fresas a la que me refería antes. Pero hay que hablar a la vez de las fresas. El catolicismo es, por más que se diga, de evitar extremos. Siempre cuenta con las dos alas del pájaro que somos. El ala de nuestra lucha, que solo sirve si Dios quiere (y quiere siempre), y el ala de la ayuda divina, que solo es ala si queremos nosotros. Otra vez San Agustín lo resume perfectamente en su breve y directo a la mandíbula "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti", dice en el sermón que vamos a comentar después...

Veamos las fresas, el "no fight, no life" de San Pablo en unas líneas que envió a los habitantes de Corinto y y que no necesitan comentario: 
¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado"(1 Cor 24-27)
A otros, de Galacia, les anima a seguir apretando: 
Comenzasteis bien vuestra carrera, ¿quién os puso obstáculo para no seguir a la verdad? (Gal 5, 7)
Su mentalidad batalladora y de atleta ganador se muestra en estas líneas a unos discípulos de Filipo, otra ciudad griega: 
No es que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Así pues, todos los perfectos tengamos estos sentimientos, y si en algo sentís de otra manera, también eso os lo declarará Dios. Por lo demás, desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante. Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros. (Filp 3,12 s)
Cuando escribe no a una comunidad sino a su obispo, a su supervisor (eso significa bastante literalmente obispo), la cosa es todavía más clara, porque se permite hablar de tú a tú. A Timoteo le aconseja de modo claro, y sus consejos sirven a cada uno, sea católico o no: 
“Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús. Nadie que se dedica a la milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado. Y lo mismo el atleta; no recibe la corona si no ha competido según el reglamento. Y el labrador que trabaja es el primero que tiene derecho a percibir los frutos. Entiende lo que quiero decirte, pues el Señor te dará la inteligencia de todo." (2 Tim 2, 3- 7).
Sin embargo, tenemos la nata. El añadido cristiano. El premio infalible al que nos llevará quien nos puso a correr por Él. Por eso San Pablo dice cosas como estas a Timoteo, en dos de sus cartas:
Los ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura. (1 Tim 4, 7 s)
Y esta, con la vista en el premio, que es como luchan y corren los atletas:
He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación. (2 Tim 4, 7 – 8)
¿Qué añadir ya? 
San Agustín tiene dos de sus frases más reconocibles en el mismo sermón. Y los usa al hablar de la lucha. Las dos alas. Las fresas y la nata. (Reconozco con gran placer que he descubierto hoy que las dos frases estaban en el mismo sermón, el 169, que paso a añadir aquí en castellano y aquí en latín). 

La primera, que es la que me ha venido a la cabeza al ver la camiseta: 
"Si dijeres: “¡basta!”, estás perdido. Aumenta siempre, progresa siempre, avanza siempre, no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes." 
No fight, no life. Pero a lo grande. En todo. Ya lo hemos dicho arriba.
La segunda, que he citado antes: 
"Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti". 
"Dios me ayudará", dicen muchos, y se cruzan de brazos. Cruzamiento que cabrea a ciertas personas, y con razón. Dios te ayudará, sin duda, pero echa el resto. Y si no hay resto que echar por cansancio, tranquilo. Aprieta pero no ahoga. 

Llegados a este punto, queda el lacito del pastel. Pero me temo que es un pastel entero. Ratzinger está tal vez a la altura de San Agustín, por mucho que él lo negaría sonriendo.
El buen teólogo que es no le impedía, pese a su apariencia frágil, ver los beneficios del deporte y de la mentalidad deportiva. Aquí va un texto suyo de cuando era aún Arzobispo de Munich-Freising, en 1978.

"Cuando en estos días de junio de 1978 uno echa un vistazo a los periódicos o a los programas de radio y televisión, en seguida se da cuenta de que hay un tema dominante: el mundial de fútbol. En 1970 fueron 700 millones de espectadores quienes participaron en este evento a través de la televisión; esta vez serán seguramente todavía muchos más. El fútbol se ha convertido en un acontecimiento global, que une a los hombres de todo el mundo, por encima de todas las barreras, en un mismo estado interior, con sus esperanzas, miedos, pasiones y alegrías. Difícilmente otro acontecimiento en la tierra logra un impacto parecido. Lo cual muestra que aquí tiene que tocar algo genuinamente humano, y plantea la pregunta, en dónde reside esta fuerza del juego. El pesimista dirá que ya en la antigua Roma sucedía lo mismo. El grito de la plebe era panem et circenses, pan y circo. El pan y el juego son, por una parte, la única razón de ser de una sociedad decadente, que ya no conoce metas más elevadas. Pero aun aceptando esta explicación,
sigue siendo insuficiente. Tendríamos que preguntarnos entonces: ¿en qué consiste esta fascinación del juego, que alcanza la misma importancia que el pan? Podríamos responder, otra vez con vista en la antigua Roma, diciendo que el grito de pan y circo era en realidad expresión del deseo de una vida paradisíaca, de una vida feliz y sin penas, de una libertad plena. Porque en el fondo, es de esto de lo que se trata en el juego: una acción que es totalmente libre, sin un objetivo y sin constricciones, y que despliega y plenifica
con ello todas las fuerzas del hombre.
En este sentido, el juego sería también una especie de anhelado retorno al paraíso, la salida de la seriedad esclavizante de la cotidianidad y sus preocupaciones vitales, hacia la libre seriedad de aquello que no tiene que ser y por ello es hermoso. Consecuentemente, el juego sobrepasa en cierta sentido la vida cotidiana, tiene otro carácter, especialmente en los niños. Es una ejercitación para la vida. Simboliza la vida misma y la anticipa de un modo configurado libremente. Me parece que la fascinación del fútbol consiste esencialmente en que une estos dos aspectos en una forma convincente. Obliga al hombre, ante todo a uno mismo, a cultivarse, de modo que a través del ejercicio se logra el dominio de sí, a través del domino, la superioridad y a través de la superioridad, la libertad. Enseña también una colaboración disciplinada: como juego de equipo obliga a subordinar lo propio en beneficio del conjunto. Lo une a través de un objetivo común.
Éxito y fracaso de cada individuo dependen del éxito y fracaso del conjunto. Y le enseña finalmente una competición limpia en la que las reglas comunes a las que se somete, en la competición es lo que une y vincula, y por encima de ello, la libertad del juego, cuando se pone en ejerce correctamente, libera la seriedad de la competición en el juego en la libertad del juego cuando este acaba. Asistiendo al juego, la gente se identifica con él y con los jugadores y participan así en el espíritu de equipo y de competición, en su seriedad y su libertad. El jugador se convierte en un símbolo de la propia vida, que actúa sobre ella. Saben que uno se ve representado en ella y encuentra su confirmación. Naturalmente, todo esto se puede pervertir con una lógica comercial, que somete todo a la estéril seriedad del dinero y transforma el juego en una industria, que genera un mundo ilusorio de terribles dimensiones. Pero incluso este mundo aparente no podría subsistir si no hubiera una razón positiva, que está en la base del juego: el ejercicio de la vida y la superación de la vida en dirección de un paraíso perdido. En ambos casos se trata de buscar una disciplina de la libertad, y en ejercitar, en conexión con unas reglas, el estar juntos y el ir contra otros y el entenderse consigo mismo. Quizá podríamos, pensando en esto, realmente aprender a partir del juego a vivir la vida de nuevo. Pues en él se hace visible algo fundamental. Que el hombre no vive sólo de pan; sí, el pan es realmente sólo un escalón previo de lo auténtica humano, del mundo de la libertad.
Pero la libertad vive de reglas, de autodisciplina, que enseña la colaboración y la justa confrontación, la independencia del éxito exterior y del arbitrio, y precisamente por ello se hace verdaderamente libre.
El juego, una vida. Si miramos a fondo, el fenómeno de un mundo en delirio por el fútbol podría proporcionarnos algo más que simple entretenimiento". 

A seguir luchando, con paz.

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